Otras Voces, Otra Historia

3 años del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad

  • Escrito por  Otras Voces Otra Historia

El día de hoy se cumplen exactamente tres años de la masacre que dio origen al Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad. Ese día, que fue de tragedia para muchos de nosotros, fue también el día en que las víctimas negadas y criminalizadas por el Estado comenzaron su visibilización; fue también el día en que volvimos el rostro hacia lo esencial: todos somos seres humanos y sólo la paz, una paz justa y verdadera, nos permitirá seguir adelante como nación mexicana.

A tres años de aquellos días tremendos, en que salimos a las calles con nuestro dolor a cuestas para recorrer el país y exigir a políticos y criminales que pusieran un alto a su maquinaria de guerra, queremos mirar de nuevo las heridas abiertas de esta nación que, a pesar de todo lo que se ha hecho, continúa desangrándose, y, desde ahí, decirles que seguimos en pie y que, como dicen las madres de nuestros desaparecidos, “no desapareceremos hasta que el último de ellos aparezca”.

Muchas de las heridas que cargamos continúan siendo, para desgracia del país, las mismas. El tiempo, sin embargo, es ya otro: Calderón se fue (él, junto con García Luna, tendrán todavía que ser juzgados por sus actos) y llegaron al poder Enrique Peña Nieto y el PRI.

Es cierto que Enrique Peña Nieto publicó la Ley General de Víctimas a inicios de 2013 y que abandonó el discurso beligerante de su antecesor (ambos gestos los agradecimos en su momento). Sin embargo, si él y su partido pensaban que con eso daban satisfacción a las demandas de las víctimas del país y de nuestro Movimiento, estaban crasamente equivocados.

Javier Sicilia innumerables veces dijo que si no había una profunda reforma del Estado antes de las elecciones de 2012, serían las elecciones de la ignominia y que quien llegara al poder lo único que haría sería administrar el infierno.

Estas palabras desafortunadamente resultaron ciertas: seguimos en medio de la guerra; las desapariciones, los asesinatos, los secuestros, las extorsiones y el miedo continúan, y las víctimas, como en la administración pasada, empiezan nuevamente a ser borradas de la conciencia nacional.

Pero el PRI no sólo administra el infierno, sino que quiere adueñarse de él. Los gobiernos de Veracruz, del Estado de México y de Michoacán son la muestra más acabada de ello.

El PRD, desde su dirigencia nacional hasta los gobiernos de Guerrero, Morelos y la Ciudad de México, le sirven de comparsa.

El PAN, por su parte, fracturado y devastado por el enorme daño que le hizo al país durante los 12 años en que defraudó el impulso democrático de nuestro pueblo, disputa inútilmente con el PRI para reconquistar su función de administrador del desastre.

Y el crimen organizado se mezcla con todos ellos en un lodo donde el Estado no existe, la nación se pierde y los ciudadanos nos ahogamos en el horror.

Esto no cambiará si no hay una profunda reforma del Estado y de sus múltiples y oscuras corrupciones, una reforma que genere una nueva democracia representativa y participativa. Está propuesto en el sexto punto del pacto nacional que leímos el 8 de mayo de 2011 en el Zócalo de la Ciudad de México; y nos hermana con las demandas profundas de todos los movimientos sociales que nos antecedieron y con los que hoy han emergido en medio de la violencia. Además sigue siendo una demanda sustantiva para encontrar la justicia y la paz que nos siguen negando.